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Bueno, éste es uno de los redescubrimientos del año. Había conocido The Knife, este dúo sueco compuesto por los hermanitos Olof y Karin Dreijer, hace un par de años gracias a una (a)miga; pero nunca había percatado en este video que me hizo dar ganas de sentarme a traducir la canción. Y más, bastante más. Vi el video 57 veces y aunque no me cansaba de hacerlo, también me puse a investigar sobre el mismo. Cuando vi el video por primera vez, pensé que la/el cantante podría ser alguno de los hermanitos integrantes, pero no, se trata de Rickard Engfors, una importante drag queen de Suecia, que no es travesti, no, ni siquiera gay. Ver el video, varias veces. La única que no se levanta a bailar, la única que no se deja seducir por ese electro pop tan opiáceo, la única que se queda sentada con cara de culo, la única que no disfruta de la música, es la cantante de la banda. Y el chaboncito de campera azul, que parece redescubrir su sexualidad, es el hermano, osea la otra mitad de The Knife. Y, cuando por todo esto, el video ya me parecía uno de los mejores que he visto; vengo a encontrar el otro, que me parece le da una vuelta de tuerca más a la idea, y hace que me den ganas de vivir en Estocolmo. El grupo decide hacer el video en vivo! Ah? Osea, no la canción en vivo, sino el videoclip. Y funciona a la perfección. Me pareció una idea brillante.
Ah, cualquier similitud con el video que postié antes no es coincidencia. La cantante es la misma en su nuevo proyecto paralelo: Fever Ray. Viva Suecia, carajo.
Cuando sea grande quiero ser una guardaparque, correr a través del musgo en tacos altos. Esto es todo lo que voy a hacer: tirar un boomerang y esperar a que vuelva.
Cuando sea grande quiero vivir junto al mar. Pinzas de cangrejos y botellas de ron. Eso es todo lo que tendré mientras miro a una concha de mar, esperando a que me abrace.
Pongo mi alma en lo que hago. Anoche dibujé un hombre gracioso con ojos oscuros y la lengua colgando. Me va bastante mal, nunca me gustó la mirada triste de alguien que quiere ser amado.
Vos tenés pepinos en los ojos, demasiado tiempo gastado en nada, esperando el momento adecuado para presentarte. La cara mirando al techo y los brazos demasiado largos, voy a esperar a que me agarres.
Siempre fui delicado de los pulmones, sobretodo cuando era chico. Cuando iba a cuarto grado me agarró la peor bronquitis de mi vida. Estuve casi un mes sin ir al colegio. En la hora de lenguaje, la maestra aprovechó mi situación y dio como consigna de redacción que todos mis compañeros me escribieran una carta, deseando mi mejoría. Decía que las cartas eran como una parte subestimada de la literatura, o algo así; que cuando las personas se conectan a través de la palabra escrita a mano se genera una relación especial, única . Las cartas me las acercó el profesor de gimnasia que vivía a dos cuadras de casa. Lo atendió mamá y él le dio las 32 cartas en un gran sobre papel madera. Le preguntó a mamá como estaba yo y ella le contestó que mejor, que si dios quería la próxima semana ya me reincorporaba a la escuela. Como la consigna era con nota, todos me habían escrito; mis amigos, las chicas que me gustaban, un tal José que yo no conocía. Después me enteré que había entrado al colegio durante mi reposo y que la maestra le había dicho:
- Sí, vos también, José. - Pero seño, si yo no lo conozco… - Ley pareja para todos, Josecito. Imaginá que es un gran amigo tuyo.
La carta decía así:
Juan:
Bueno, yo no te conozco todavía así que no sé mucho qué decir pero la maestra me dijo que era una tarea con nota así que te tengo que escribir sí o sí. El Seba me contó que estás enfermo, que no te podés levantar de la cama ni jugar al fútbol. Eso debe ser re feo pero también está bueno. Yo cuando me enfermo me gusta porque tomo mucha Seven Up. Mamá siempre me compra una botella grande y la pone al lado de mi cama para que tome todo lo que quiera; dice que hace bien, que tengo que tomar mucho líquido. A vos qué te gusta más la Seven o la Coca? Yo la verdad que prefiero la Coca pero bueno, una vez que tenía mucha fiebre le pedí Coca a mamá y me dijo que no, que tenía que tomar Seven o Sprite. Yo no entiendo cual es la diferencia, capaz que sea porque la Seven es más transparente o tiene más gusto a limón.
Cuando vuelvas capaz podemos ser amigos. Yo acá todavía no tengo amigos-amigos, nomás el Seba pero porque a él ya lo conocía de antes porque vive a la vuelta de casa y siempre jugamos a la pelota en el baldío de la esquina. A mi jugar al fútbol es lo que más me gusta. Más que ver tele, jugar a los jueguitos, ir al cine. Aparte soy re buen arquero. Me dijo el Seba que vos también atajás así que re bueno porque nunca tuve un amigo arquero. Los chicos siempre se me ríen cuando les digo que soy arquero, que quiero ir al arco. Todavía no sé salir a cortar muy bien en los corners y centros pero estoy aprendiendo. Vos sabés salir bien? Si sabés me podés enseñar y yo te enseño a como adivinar adonde te van a patear el penal. Mi tío, que fue arquero de la reserva de Platense, me lo contó. No te la puedo decir acá en la carta porque por ahí la lee el profe de gimnasia o tu mamá. Y, cuando me lo enseñó mi tío me dijo que tuviera mucho cuidado, que cuidara el secreto, que no se lo dijera a nadie de nadie. Salvo a otro arquero, y no a cualquier arquero sino a uno que fuera amigo.
Vos sos zurdo o derecho? Yo soy re derecho. Se me nota en los guantes! Mi tío me regaló unos que él usaba, que hasta tienen el escudo de platense y todo y aunque me quedan un poco grandes se nota que el derecho está mucho más gastado que el izquierdo. Pero muchísimo! Viste que en la parte de adentro los guantes tienen como unos pupitos? Bueno, en el de la mano derecha ya casi no hay! O sea, se gastaron de tanto usarlos y mirá que mi tío me los regaló casi nuevos. Me dijo que los usó sólo en un partido contra la reserva de Lanús y que en ese partido saltó a cortar un centro llovido muy cerrado y se pegó con la cabeza en el palo y se hizo bolsa. Tuvieron que hacerle no sé cuantos puntos y no pudo jugar por dos meses. Cuando ya estaba listo para volver, su suplente estaba jugando re bien así que no lo cambiaron y desde ahí ya nunca más fue titular. Como no lo usaban se lo dieron a préstamo a Huracán pero ahí también fue suplente. Se pasó toda un campeonato sin jugar y después abandonó el fútbol para siempre-siempre.
El siempre dice que todo fue culpa de ese partido contra lanús en el que se chocó contra el palo y que ese día usaba esos guantes, entonces no los quiso más. Dice que están manchados con sangre pero yo no le vi nunca ninguna gota, estaban casi nuevos cuando me los regaló; pero ahora no, bah el izquierdo sí, todavía le quedan un montonaso de pupitos.
Mi tío siempre dice que el problema en el fútbol argentino es que no hay suficientes penales. Dice que todos los empates deberían definirse por penales, siempre. Aunque sea el primer partido del campeonato, si es empate, paf, ahí nomás a penales. Cinco para cada uno, como en las definiciones del mundial. Dice que así el fútbol sería mucho más divertido y las familias volverían a las canchas. Que la gente ya no cree en el fútbol porque le pasó lo mismo que a la política: la corrupción. Que por eso hay tanta violencia en la calle, tanta droga, tanto sexo. Yo creo que él lo dice por su secreto, porque si hubiera penales en todos los empates, a él le hubiera ido mucho mejor por su truco que es el que yo también sé porque me lo contó él y me dijo que no se lo contara a nadie, salvo a otro arquero y no a cualquier arquero. Cuando me dijo esto yo le pregunté a mi tío que por qué me lo contaba a mí, que yo sí era arquero pero era su sobrino y él me dijo que nunca había tenido un amigo arquero. Que siempre se había llevado re mal con sus suplentes y hasta con los terceros arqueros. Y que aparte de ser sobrino el me consideraba también un amigo porque él no tenía otros amigos porque no le hacían falta. Que para eso lo tenía a su único amor: Roberto Carlos, su perro, un ovejero alemán. Decía que cuanto más conocía a la gente más quería a Roberto Carlos. Pero Roberto Carlos es un perro y re lindo y divertido pero no es un arquero, como yo y como vos. Por eso me eligió a mí para pasarme el secreto de cómo adivinar adonde te la van a patear en los penales y ese secreto te lo puedo pasar a vos si vos me enseñás como salir a cortar los centros.
A mi papá no le gusta el fútbol. Nunca me fue a ver a jugar un partido, siempre está de viaje. El dice que el fútbol no es un deporte en serio, como el rugby. A mi el rugby no me gusta, pero papá dice que soy un cagón, que por eso juego al fútbol y que no sé salir a cortar los corners porque en realidad tengo miedo a que me pase lo mismo que a su hermano y me haga bolsa contra el poste; pero yo no tengo miedo porque soy re macho; nomás que no sé bien la técnica, no sé cuando me conviene salir a cortarlo y cuando me conviene quedarme abajo del travesaño.
Bueno, ya está por tocar el timbre del recreo así que termino la carta acá. Espero que te mejores pronto así volvés al cole y nos conocemos. Aprovechá y tomá mucha Seven!
Los electrodomésticos han enloquecido. Así no puedo seguir. Pisando los talones de la gente. Siendo un pendejo punk, lleno de mocos.
Ni siquiera puedo enfrentar el anochecer. Vos podrías hacerme escapar. La casa se mueve, la casa me habla.
Si me tomás, te aliviarás. Te aliviarás.
Y si voy a hablar, entonces sólo quiero hablar. Por favor no interrumpas. Sólo sentate y escuchá.
Porque ni siquiera puedo enfrentar el anochecer. Vos podrías hacerme escapar La casa se mueve, la casa me habla.
Si me tomás, te aliviarás. Te aliviarás.
Todo es demasiado. Demasiado brillante. Demasiado poderoso. Demasiado...
Esta va a especial pedido de mi amigo Fabio y mi hermano Michele, quienes me habían solicitado encarecidamente algo de Radiohead. Sé que quizás no era la canción que esperaban, pero es, creo, la que más me gusta de In Rainbows y por la cual recé 23 avesmarías antes de la noche del 24 de marzo para que la tocaran, en vano. Después me puse a investigar y me enteré que nunca la tocaron en toda la gira y que, a pesar de aparecer en el disco 2 del último álbum, es un tema viejo que se remonta a más de diez años atrás, a las grabaciones de Ok Computer, disco del que quedó afuera. Luego también sería descartada para Kid A, creo que por motivos de estética sonora obvios.
Dicen que la letra es un homenaje de Yorke a nada menos que Kurt Cobain. Por eso puse ese video, el cual contiene fragmentos de la increíble Last Days, película en la cual Gus Van Sant interpreta los últimos días de Cobain. Me gusta pensar que la canción vendría a ser un tributo de la que fuera LA banda de finales de los 90 a LA banda de los inicios. Me dio nosequé ponerme a pensar y darme cuenta que el último disco de estudio de Nirvana (In Utero) había salido el mismo año que Pablo Honey, el primero de Radiohead, donde sí se percibían algunos vestigios grunge que luego se irían diluyendo en los discos siguientes. Como si 1993 hubiera sido el año en que Seattle le pasó la posta a Oxford, diciéndole: - Yo hasta acá llegué chabón, ahora te toca a vos.
En cuanto a la letra, creo que habla de drogas o al menos fue eso lo que tuve en mente al traducirla. Particularmente de los sentimientos encontrados que le generaba la adicción a Cobain. Como lo veo, interpreto que la voz narradora es la de un punk mocoso que cuenta lo que le pasa, como sufre y luego la voz pasa a ser de la droga misma que le responde que “si la toma, se aliviará”. El narrador está harto de los fans, de sus dolores de panza indiagnosticables, de los doctores, de los managers y sólo quiere hablar sin que lo interrumpan; quiere que entiendan que ni siquiera puede enfrentar la noche, que para él los electromodésticos se han vuelto locos y que todo esto es demasiado brillante, demasiado poderoso, demasiado…
Cuando era joven la vida parecía tan maravillosa. Un milagro. Era hermosa, mágica. Los pájaros en los árboles cantando tan alegremente. Jugando felizmente. Mirándome.
Pero después me mandaron afuera. Me enseñaron a ser sensato. Lógico. Responsable. Práctico.
Y me mostraron un mundo del cual ser tan dependiente. Ser clínico. Intelectual. Cínico.
Hay momentos en que todo el mundo duerme y las preguntas se vuelven demasiado profundas para un hombre tan simple. Por favor no me dirías que es lo que aprendimos. Sé que suena absurdo Pero por favor decime quién soy.
Ahora, qué dirías si te llaman radical? Liberal. Fanático. Criminal. Lo reconocerías? Nos gustaría sentir que sos aceptable. Respetable. Presentable Un vegetal.
Hay momentos en que todo el mundo duerme y las preguntas se vuelven demasiado profundas para un hombre tan simple. Por favor no me dirías qué es lo que aprendimos. Sé que suena absurdo pero por favor decime quién soy.
Esta noche llevame adonde haya música y haya gente y sean jóvenes y llenos de vida. Paseando en tu auto nunca quiero ir a casa porque no tengo. Ya no.
Esta noche salgamos porque quiero ver gente y quiero ver luces. Paseando en tu auto oh, por favor no me dejes en casa porque no es mi casa, es la de ellos y yo ya no soy bienvenido.
Y si un bondi de dos pisos se estrella contra nosotros, morir a tu lado, qué manera tan gloriosa de morir.
Y si un camión de diez toneladas nos mata a los dos, morir a tu lado, bueno, el placer, el privilegio es mío.
Invitame a salir esta noche. llevame adonde sea, no me importa, no me importa, no me importa. Y en un túnel oscuro pensé: oh dios, por fin llegó mi oportunidad pero me agarró un miedo extraño y no te pude ni preguntar.
Salgamos esta noche. Oh, llevame adonde sea, no me importa, no me importa, no me importa. Paseando en tu auto nunca quiero llegar a casa. Porque no tengo ninguna, oh, no tengo ninguna.
Y si un bondi de dos pisos se estrella contra nosotros, morir a tu lado, qué manera tan gloriosa de morir.
Y si un camión de diez toneladas nos mata a los dos, morir a tu lado, bueno, el placer, el privilegio es mío.
Vine a dejarte las llaves. Encontré unos libros que te presté hace tiempo. Me los llevo. El desorden no es mío. Lo único que hice fue sentarme unos segundos en la cama. La ventana estaba abierta cuando entré y ya se habían volado todas estas cosas.
La alegría de encontrarla fue fugazmente efímera al ver que su mano se entrelazaba con la de otro, que no era yo. Finalmente conocía a Gianluca, o como se llamara. Ella no me vio; él creo que sí pero debió haber pensado que yo era un israelí o un sudaca más del millón que van a su continente a buscarse la vida sin siquiera imaginarse que, un par de noches atrás, su chica me había contado, mirándome a los ojos que, a diferencia de Madrid, en el puerto de Trieste, la noche es tan oscura que hay veces que se ve como si llovieran estrellas fugaces.
Caminaron rumbo a Lavapies y yo, movido por el mismo extraño impulso que me hace asomarme a espiar los departamentos de los vecinos de mi mismo piso cuando su puerta está abierta, decidí seguirlos. A las dos cuadras, frenaron frente a un puesto ambulante. Un chino vendía anteojos truchos. Él se los probaba y ella, con caras, le daba su opinión al respecto de cada modelo que él elegía. Aún no estaba convencido si dejarme ver o no, pero supuse que lo más atinado sería lo segundo. Me apoyé contra la vidriera de una farmacia, a unos cinco metros de distancia, intentando mimetizarme con el paisaje madrileño; lo cual a esa hora y en ese barrio, no era complicado. Él elegía los modelos más extravagantes para hacerse el gracioso. Se los ponía mirando para abajo, ocultando el rostro y cuando ya los tenía calzados daba media vuelta y se los mostraba a Caterina con alguna cara que potenciara la ridiculez. Cuando por fin encontró unas gafas que le gustaran y también a ella, saludó al chino entregándole un billete y dio media vuelta, sonriendo orgulloso con sus anteojos nuevos, con su hermosa chica. Se los dejó puestos aunque fueran las doce de la noche. Pasaron frente a mí y no pude evitar bajar la cabeza. Supongo que tuve miedo que ella se sorprendiera demasiado al reconocerme y que él descifrara el por qué de esto. No tenía nada de ganas de ponerme a pelear, menos bajo la lluvia.
Pasaron frente a mí y los seguí, cabizbajo, con la mirada. Doblaron en la esquina y yo también, un minuto después. Me pregunté cuantos metros serían los prudentes para no ser descubierto, pero entendí que no tenía experiencia suficiente en persecuciones, en ser tan enfermo. Llovía y ellos jugaban a no pisar los charcos mientras yo miraba la bucólica escena desde atrás, autoflagelándome.
Afortunadamente, después de dos cuadras de seguirlos tuve la posibilidad de abstraerme, de observarme desde afuera y descubrir que el cuadro que estaba protagonizando era ya demasiado patético. Entonces desaceleré la marcha, como si hubiera sido un lemming que rumbo al precipicio hubiera tenido una epifanía y hubiera recapacitado que la vida vale la pena. Me acordé de Alterio en Caballos Salvajes; gritando junto al acantilado esa cursilería. Me quedé ahí, bajo la lluvia, pensando en los lemmings y viendo como ella y él doblaban la esquina, de la mano. Por qué motivo esos simpáticos roedores noruegos decidirían suicidarse; caminar todos juntos, en procesión, rumbo al acantilado y saltar al vacío.
Pero todo esto no se lo conté, claro. Ni lo de los lemmings ni que los había seguido. Decírselo no se si hubiera sumado algo o no. Tampoco pretendía averiguarlo; no fue ello lo que me había impulsado a hacerlo. Aparte ahora era yo el que caminaba junto a ella por Madrid y Gianluca, en un bus rumbo a Santander. Entramos al mismo bar de la vez pasada. Al fondo, en el pequeño escenario, el gordo con su guitarra. A su lado no estaba el barbudo sentado sobre el cajón peruano. Se notaba su ausencia; como si en Simon & Garfunkel faltara Simon, o Garfunkel. El gordo cantaba el tema en la que Amalia lo había abandonado, pero sin la percusión ni los coros del barbudo. La canción parecía mucho más pobre, tenía la potencia de la música que escuchan los taxistas por la madrugada en sus estéreos. Nos sentamos junto a la barra y como si Caterina hubiera sabido en que estaba pensando, le preguntó al barman:
- Oye Javier, y el barbudo? Qué ha pasado que no está? Ya le ha devuelto toda la pasta al dueño? - Que va, chavala. No te has enterado? El muy cabrón se ha suicidado. - Qué me estás contando? - Que sí, no te vacilo. Se ha tirado del puente que está cerca de la catedral. - Qué dices? No te lo creo; si el ayuntamiento ha puesto unos paneles de seguridad… - Ya; pero el muy hijueputa ha roto con un tacho de basura la vidriera de una ferretería que estaba a dos cuadras y se ha robado una escalera. Caminó cargando la puta escalera las dos cuadras, la apoyó en los paneles, subió y saltó… - Joder tío, que fuerte… y ha caído sobre algún auto?
La canción terminó y el gordo se sonó la nariz con un pañuelo. Creo que tenía los ojos llorosos. Se escucharon algunos aplausos dispersos.
- Muchas gracias. Esta próxima canción se la quiero dedicar a Pedro, mi compañero, que ya no está entre nosotros…
Alguien llamó al barman y éste se dio vuelta y se dirigió hacia la otra punta de la barra como si hubiera sido un surubí del Paraná que ha mordido un anzuelo y el pescador comenzara a enrollar la tanza desde arriba de su lancha.
- Te das cuenta, Juan? No te parece incredibile? - Incredibile? Tu español ha involucionado…
Se excusó diciendo que hacía mucho no lo practicaba por estar con Federico y sólo hablar italiano.
- Con quién? - Con Federico, mi novio… - Pero… - Pero qué? - No, nada…
El barman nos trajo dos vasos grandes de cerveza y un platito con aceitunas. Ella dijo que amaba las olivas, que podría alimentarse sólo a base de ellas. Después me contó que la noche anterior, había fumado "paquito" con su novio .
- Paco?! Sabés lo malo que es eso? - Qué cosa? - El paco! - Paquito chaval; que paco ni que ostias... - ... - Ya. Cierto que eres un niñato ingenuo. Le dicen paquito por que es hachís de Pakistán, el mejor del mundo. - Já... - Já qué? - Nada, yo pensé que era otra cosa... - El único problema es que cuando estás colocado, te vuelves extremadamente sincero. - Y qué es lo malo en eso?
Y ahí me contó que en un ataque de sinceridad, mientras fumaban, le había contado a él cómo nos habíamos conocido. También le confesó que me echaba de menos; que yo era diferente, inocentemente tierno o algo así. Creo que me puse colorado porque sentí como que se me calentaba la cara. Ella me estaba diciendo no se que más de Federico, cuando apoyé mi dedo índice sobre sus labios y le pregunté si por favor podía evitar hablar de su novio; que prefería que me contara de su pueblo natal, donde llueven estrellas fugaces, allá cerca de la frontera con Eslovenia. Sonrió.
Era sábado a la noche y eso se percibía en el ambiente del bar, en la calle, en las caras de las personas. La gente estaba como excitada, como sabiendo que los esperaba una larga noche, que cualquier cosa podía pasar. Escuché un celular sonando adentro de su cartera.
- Tu celular… - Qué cosa? - Tu teléfono; está sonando. - Ah, el movil… ya…
dijo sin atinar a atenderlo, mientras se terminaba su cerveza. En los cinco minutos siguientes habrá sonado unas ocho veces. A la novena y mientras una nueva tanda de cervezas llegaba, resopló, abrió la cartera y sacó el teléfono. Sin siquiera abrirlo para fijarse quien llamaba, le sacó la batería.
- No es más fácil apagarlo? - No me toques las narices… - Qué significa eso? - No significa nada. Le saco la batería porque se me canta la polla. - No, lo de tocarte las narices. - Ah, pues eso… Que no me toques los cojones, que no me vaciles. - Y porque narices y no nariz, en singular. Vos cuántas narices tenés? - Termina tu cerveza que nos vamos…
No contesté porque yo sí la había visto, la noche anterior.
Lloviznaba. Mi tío no estaba en el departamento y aproveché para escuchar música fuerte. Había comprado una botella de agua tonica para mezclarla con el gin de mi tío. En un momento consideré cenar, pero luego de unos vasos se me fue el hambre; el espacio reservado para unos ravioles a la bolognesa ocupado por gin tonic. Mientras tomaba, escuchaba un compilado de shoegaze que me había venido de regalo en una revista de música. My Bloody Valentine, Jesús & Mary Chain, Lush. Afuera llovían gotas de agua; adentro, distorsiones de guitarras. Rasguidos plagados de flanger, reverb, chorus. En casi ninguna canción se podía distinguir claramente la voz. Era como un instrumento más; todo en el mismo tono. Capas y capas de sonidos, una encima de la otra. En el cuadernito del cd leí que el nombre del género no provenía de una característica netamente musical de las bandas que integraban el estilo; sino porque los integrantes de estos grupos en sus shows, solían tocar mirando para abajo, indiferentes a su audiencia; los ojos clavados en sus propios zapatos. De ahí el nombre. Con tantos efectos quizás tenían que mirar todo el tiempo las pedaleras, pensé.
Cuando se terminó el disco y la tónica, me dieron ganas de salir afuera. Pero llovía. El alcohol que ya hacía algo de efecto me envalentonó y pensé qué no habría mejor plan que bajar los 6 pisos que me separaban de la calle y caminar, bajo la llovizna, mirándome las zapatillas. Me puse la campera y salí. A los pocos metros ya me habia dado cuenta que mirar mis propios pasos era más interesante de lo que creía. Con los faroles reflejados en los charcos de la lluvia, se generaba un plano detalle muy lindo. Las luces temblando cuando mis adidas marrones pisaban el agua. Pensé que eso sería un buen recurso para el videoclip de una banda de shoegaze. Luego recordé que era un poco tarde para eso, que el shoegaze había sido un género tan efímero y noventoso como el grunge, como El Cuervo. A las pocas cuadras empezó a llover más fuerte. No tenía paraguas. Efectivamente la gorda dueña del Pepo había tenido razón cuando me había dicho:
- Es que nunca sabes como será con este clima madrileño de los cojones. Cuando parece que no va a caer ni una gota, llega el puto diluvio universal con Noé, su barca y todos sus jodidos animalitos dentro…
Vi la boca de una estación del metro y decidí refugiarme ahí hasta que parara un poco. Una vez adentro se me ocurrió que por un euro con cuarenta podría viajar por debajo de todo Madrid, hasta que parara de llover. Sería más divertido que quedarme ahí parado, mirando como la gente entraba y salía de los vagones, cruzaba el molinete. Me pareció una buena idea. Compré un ticket y me subí. Viajé desde Pirámides hasta Chueca. Había poca gente; por las ventanas no se veía más que paredes negras, algún caño. Además del paraguas, me había olvidado en casa el morral con el mp3 y el libro de Murakami que estaba leyendo. En definitiva, me estaba aburriendo. Decidí hacer la combinación con la línea celeste hasta Tirso de Molina, bajarme ahí. Quizás ya había parado de llover. Un yonqui dormía sobre unos cartones en la salida del metro. Cuando pasé al lado suyo, abrió los ojos.
- Oye…
- …
- Oye, tú!
- Yo?
- Sí, tú. Tienes caballo?
- Ah?
- Caballo chaval; que si tienes caballo?
Cuando cumplí diez años mis padres me regalaron una yegua. Era marrón y se llamaba Tostada. Yo le quería poner Mafalda pero ya venía con ese nombre y según mamá no se lo podía cambiar. La habían comprado barata porque ya había tenido varias veces cría y estaba media baqueteada. Ya casi ni galopaba. Junto con la Tostada también compraron un caballo blanco con algunas manchas marrones. Se llamaba Tobiano. Al Tobiano no me lo dejaban andar porque decían que no era lo suficientemente manso para mí. Según el que se lo vendió a mi mamá, había sido usado para llevar un sulqui y tenía la mandíbula mucho más dura que los caballos comunes. Una siesta, cuando mamá dormía, le puse un freno y, sin montura, me fui a andar. Duré menos de cinco minutos. Apenas le taloneé las costillas empezó a galopar y ya no lo pude parar. Aunque le tiraba el freno al máximo para atrás, ni se inmutaba. Ahí entendí lo de la dureza de la mandíbula que decía mamá que le había dicho el que se lo había vendido. El caballo corría conmigo arriba como si hubiera estado participando en una carrera en un hipódromo de Dallas y un estanciero de nombre Mc Wayne hubiera apostado un millón de dólares a él; cosa que el caballo, de alguna forma, sabía; al igual que sino ganaba esa carrera sería ajusticiado con perdigones despedidos de las escopetas de Randy y Josh, los dos lacayos de máxima confianza de Mc Wayne. El Tobiano me tiró junto al arroyo y caí de pera sobre la raíz de un ombú muy grande que sobresalía la tierra. Llegué a la casa caminando, con la cara ensangrentado, el brazo muerto. El Tobiano seguía galopando, como si le faltaran cien metros para llegar al disco. Mamá se había levantado y estaba en la cocina preparando el mate cuando me vio por la ventana. Papá, como de costumbre, no estaba. Salió gritando de la casa, me envolvió en un toallón y me subió al renault 12. Fuimos a la clínica de Villa Allende que era lo más cerca que había. Me sacaron radiografías del brazo y de la cara.
El médico de guardia que me atendió, dijo:
- La fractura de cúbito y radio no es tan grave como el desplazamiento de mandíbula. Por el impacto con la raíz, los maxilares del niño se han dezplazado notablemente hacia atrás. Por poco no llegan al tímpano. De ser así, el tímpano es perforado por los huesos, generando pérdida total del oido.
En definitiva, que casi quedo sordo por el desplazamiento de mandíbula que sufrí al caerme de un caballo que tenía la mandíbula demasiada dura para mí, por estar acostumbrado a remolcar sulquis. Mi pera se me había hinchado tanto que mi hermano me decía Tutankamón. A veces también me decía Cesar Banana Pueyrredón. Cada vez que me quería hacer enojar se ponía a cantar: “Conociendote, co no cien do teeee…” Después de eso papá, a quien no le gustaban los caballos, decidió regalar el Tobiano. También la Tostada.
- No disculpá, no tengo caballo.
Apenas lloviznaba. Subí las escaleras del metro y como si fuera uno de los ratones fans del flautista de Hammelin, caminé decidido hacia la plaza del frente a lo de Caterina.
Llegué hasta el banco donde había estado jugando con la hormiga aquella vez, donde me había tomado el yogur de durazno; donde el Pepo y la gorda se habían conocido cuando el perro le lamió la rodilla como si hubiera tenido leche derramada. Me senté sin darme cuenta que los listones estaban todos mojados. Me levanté de un salto como si eso hubiera hecho que me mojara menos; como si la tela de jean no fuera un material por el cual el agua viaja libre y rápidamente. Sobre que hacía frío, ahora tenía todo el culo mojado. Parecía que me hubiera cagado encima. Saqué unos pañuelos descartables del bolsillo de la campera y comencé a intentar secarme un poco la parte de atrás del pantalón. Torcía mi cabeza sobre mi hombro, cuando escuché el golpe que hacía la gran puerta del edificio de Caterina al cerrarse. Era ella.