31.3.09

Las gaviotas quieren conquistrar el mundo. Parte 20.

Vos cuántas narices tenés?




La alegría de encontrarla fue fugazmente efímera al ver que su mano se entrelazaba con la de otro, que no era yo. Finalmente conocía a Gianluca, o como se llamara. Ella no me vio; él creo que sí pero debió haber pensado que yo era un israelí o un sudaca más del millón que van a su continente a buscarse la vida sin siquiera imaginarse que, un par de noches atrás, su chica me había contado, mirándome a los ojos que, a diferencia de Madrid, en el puerto de Trieste, la noche es tan oscura que hay veces que se ve como si llovieran estrellas fugaces.


Caminaron rumbo a Lavapies y yo, movido por el mismo extraño impulso que me hace asomarme a espiar los departamentos de los vecinos de mi mismo piso cuando su puerta está abierta, decidí seguirlos. A las dos cuadras, frenaron frente a un puesto ambulante. Un chino vendía anteojos truchos. Él se los probaba y ella, con caras, le daba su opinión al respecto de cada modelo que él elegía. Aún no estaba convencido si dejarme ver o no, pero supuse que lo más atinado sería lo segundo. Me apoyé contra la vidriera de una farmacia, a unos cinco metros de distancia, intentando mimetizarme con el paisaje madrileño; lo cual a esa hora y en ese barrio, no era complicado. Él elegía los modelos más extravagantes para hacerse el gracioso. Se los ponía mirando para abajo, ocultando el rostro y cuando ya los tenía calzados daba media vuelta y se los mostraba a Caterina con alguna cara que potenciara la ridiculez. Cuando por fin encontró unas gafas que le gustaran y también a ella, saludó al chino entregándole un billete y dio media vuelta, sonriendo orgulloso con sus anteojos nuevos, con su hermosa chica. Se los dejó puestos aunque fueran las doce de la noche. Pasaron frente a mí y no pude evitar bajar la cabeza. Supongo que tuve miedo que ella se sorprendiera demasiado al reconocerme y que él descifrara el por qué de esto. No tenía nada de ganas de ponerme a pelear, menos bajo la lluvia.

Pasaron frente a mí y los seguí, cabizbajo, con la mirada. Doblaron en la esquina y yo también, un minuto después. Me pregunté cuantos metros serían los prudentes para no ser descubierto, pero entendí que no tenía experiencia suficiente en persecuciones, en ser tan enfermo. Llovía y ellos jugaban a no pisar los charcos mientras yo miraba la bucólica escena desde atrás, autoflagelándome.

Afortunadamente, después de dos cuadras de seguirlos tuve la posibilidad de abstraerme, de observarme desde afuera y descubrir que el cuadro que estaba protagonizando era ya demasiado patético. Entonces desaceleré la marcha, como si hubiera sido un lemming que rumbo al precipicio hubiera tenido una epifanía y hubiera recapacitado que la vida vale la pena. Me acordé de Alterio en Caballos Salvajes; gritando junto al acantilado esa cursilería. Me quedé ahí, bajo la lluvia, pensando en los lemmings y viendo como ella y él doblaban la esquina, de la mano. Por qué motivo esos simpáticos roedores noruegos decidirían suicidarse; caminar todos juntos, en procesión, rumbo al acantilado y saltar al vacío.

Pero todo esto no se lo conté, claro. Ni lo de los lemmings ni que los había seguido. Decírselo no se si hubiera sumado algo o no. Tampoco pretendía averiguarlo; no fue ello lo que me había impulsado a hacerlo. Aparte ahora era yo el que caminaba junto a ella por Madrid y Gianluca, en un bus rumbo a Santander. Entramos al mismo bar de la vez pasada. Al fondo, en el pequeño escenario, el gordo con su guitarra. A su lado no estaba el barbudo sentado sobre el cajón peruano. Se notaba su ausencia; como si en Simon & Garfunkel faltara Simon, o Garfunkel. El gordo cantaba el tema en la que Amalia lo había abandonado, pero sin la percusión ni los coros del barbudo. La canción parecía mucho más pobre, tenía la potencia de la música que escuchan los taxistas por la madrugada en sus estéreos. Nos sentamos junto a la barra y como si Caterina hubiera sabido en que estaba pensando, le preguntó al barman:

- Oye Javier, y el barbudo? Qué ha pasado que no está? Ya le ha devuelto toda la pasta al dueño?
- Que va, chavala. No te has enterado? El muy cabrón se ha suicidado.
- Qué me estás contando?

- Que sí, no te vacilo. Se ha tirado del puente que está cerca de la catedral.
- Qué dices? No te lo creo; si el ayuntamiento ha puesto unos paneles de seguridad…

- Ya; pero el muy hijueputa ha roto con un tacho de basura la vidriera de una ferretería que estaba a dos cuadras y se ha robado una escalera. Caminó cargando la puta escalera las dos cuadras, la apoyó en los paneles, subió y saltó…

- Joder tío, que fuerte… y ha caído sobre algún auto?


La canción terminó y el gordo se sonó la nariz con un pañuelo. Creo que tenía los ojos llorosos. Se escucharon algunos aplausos dispersos.

- Muchas gracias. Esta próxima canción se la quiero dedicar a Pedro, mi compañero, que ya no está entre nosotros…


Alguien llamó al barman y éste se dio vuelta y se dirigió hacia la otra punta de la barra como si hubiera sido un surubí del Paraná que ha mordido un anzuelo y el pescador comenzara a enrollar la tanza desde arriba de su lancha.


- Te das cuenta, Juan? No te parece incredibile?

- Incredibile? Tu español ha involucionado…

Se excusó diciendo que hacía mucho no lo practicaba por estar con Federico y sólo hablar italiano.

- Con quién?

- Con Federico, mi novio…
- Pero…

- Pero qué?

- No, nada…


El barman nos trajo dos vasos grandes de cerveza y un platito con aceitunas. Ella dijo que amaba las olivas, que podría alimentarse sólo a base de ellas. Después me contó que la noche anterior, había fumado "
paquito" con su novio .

- Paco?!
Sabés lo malo que es eso?
- Qué cosa?
- El paco!
- Paquito chaval; que paco ni que ostias...

- ...
- Ya. Cierto que eres un niñato ingenuo. Le dicen paquito por que es hachís de Pakistán, el mejor del mundo.

- Já...
- Já qué?
- Nada, yo pensé que era otra cosa...
- El único problema es que cuando estás colocado, te vuelves extremadamente sincero.
- Y qué es lo malo en eso?

Y ahí me contó que en un ataque de sinceridad, mientras fumaban, le había contado a él cómo nos habíamos conocido. También le confesó que me echaba de menos; que yo era diferente, inocentemente tierno o algo así. Creo que me puse colorado porque sentí como que se me calentaba la cara. Ella me estaba diciendo no se que más de Federico, cuando apoyé mi dedo índice sobre sus labios y le pregunté si por favor podía evitar hablar de su novio; que prefería que me contara de su pueblo natal, donde llueven estrellas fugaces, allá cerca de la frontera con Eslovenia. Sonrió.


Era sábado a la noche y eso se percibía en el ambiente del bar, en la calle, en las caras de las personas. La gente estaba como excitada, como sabiendo que los esperaba una larga noche, que cualquier cosa podía pasar. Escuché un celular sonando adentro de su cartera.


- Tu celular…

- Qué cosa?
- Tu teléfono; está sonando.
- Ah, el movil… ya…

dijo sin atinar a atenderlo, mientras se terminaba su cerveza. En los cinco minutos siguientes habrá sonado unas ocho veces. A la novena y mientras una nueva tanda de cervezas llegaba, resopló, abrió la cartera y sacó el teléfono. Sin siquiera abrirlo para fijarse quien llamaba, le sacó la batería.

- No es más fácil apagarlo?
- No me toques las narices…
- Qué significa eso?

- No significa nada. Le saco la batería porque se me canta la polla.
- No, lo de tocarte las narices.
- Ah, pues eso… Que no me toques los cojones, que no me vaciles.
- Y porque narices y no nariz, en singular. Vos cuántas narices tenés?
- Termina tu cerveza que nos vamos…


13.3.09

Las gaviotas quieren conquistar el mundo. Parte 19.

Tienes caballo?



No contesté porque yo sí la había visto, la noche anterior.


Lloviznaba. Mi tío no estaba en el departamento y aproveché para escuchar música fuerte. Había comprado una botella de agua tonica para mezclarla con el gin de mi tío. En un momento consideré cenar, pero luego de unos vasos se me fue el hambre; el espacio reservado para unos ravioles a la bolognesa ocupado por gin tonic. Mientras tomaba, escuchaba un compilado de shoegaze que me había venido de regalo en una revista de música. My Bloody Valentine, Jesús & Mary Chain, Lush. Afuera llovían gotas de agua; adentro, distorsiones de guitarras. Rasguidos plagados de flanger, reverb, chorus. En casi ninguna canción se podía distinguir claramente la voz. Era como un instrumento más; todo en el mismo tono. Capas y capas de sonidos, una encima de la otra. En el cuadernito del cd leí que el nombre del género no provenía de una característica netamente musical de las bandas que integraban el estilo; sino porque los integrantes de estos grupos en sus shows, solían tocar mirando para abajo, indiferentes a su audiencia; los ojos clavados en sus propios zapatos. De ahí el nombre. Con tantos efectos quizás tenían que mirar todo el tiempo las pedaleras, pensé.


Cuando se terminó el disco y la tónica, me dieron ganas de salir afuera. Pero llovía. El alcohol que ya hacía algo de efecto me envalentonó y pensé qué no habría mejor plan que bajar los 6 pisos que me separaban de la calle y caminar, bajo la llovizna, mirándome las zapatillas. Me puse la campera y salí. A los pocos metros ya me habia dado cuenta que mirar mis propios pasos era más interesante de lo que creía. Con los faroles reflejados en los charcos de la lluvia, se generaba un plano detalle muy lindo. Las luces temblando cuando mis adidas marrones pisaban el agua. Pensé que eso sería un buen recurso para el videoclip de una banda de shoegaze. Luego recordé que era un poco tarde para eso, que el shoegaze había sido un género tan efímero y noventoso como el grunge, como El Cuervo. A las pocas cuadras empezó a llover más fuerte. No tenía paraguas. Efectivamente la gorda dueña del Pepo había tenido razón cuando me había dicho:


- Es que nunca sabes como será con este clima madrileño de los cojones. Cuando parece que no va a caer ni una gota, llega el puto diluvio universal con Noé, su barca y todos sus jodidos animalitos dentro…


Vi la boca de una estación del metro y decidí refugiarme ahí hasta que parara un poco. Una vez adentro se me ocurrió que por un euro con cuarenta podría viajar por debajo de todo Madrid, hasta que parara de llover. Sería más divertido que quedarme ahí parado, mirando como la gente entraba y salía de los vagones, cruzaba el molinete. Me pareció una buena idea. Compré un ticket y me subí. Viajé desde Pirámides hasta Chueca. Había poca gente; por las ventanas no se veía más que paredes negras, algún caño. Además del paraguas, me había olvidado en casa el morral con el mp3 y el libro de Murakami que estaba leyendo. En definitiva, me estaba aburriendo. Decidí hacer la combinación con la línea celeste hasta Tirso de Molina, bajarme ahí. Quizás ya había parado de llover. Un yonqui dormía sobre unos cartones en la salida del metro. Cuando pasé al lado suyo, abrió los ojos.


- Oye…

- …

- Oye, tú!

- Yo?

- Sí, tú. Tienes caballo?

- Ah?

- Caballo chaval; que si tienes caballo?


Cuando cumplí diez años mis padres me regalaron una yegua. Era marrón y se llamaba Tostada. Yo le quería poner Mafalda pero ya venía con ese nombre y según mamá no se lo podía cambiar. La habían comprado barata porque ya había tenido varias veces cría y estaba media baqueteada. Ya casi ni galopaba. Junto con la Tostada también compraron un caballo blanco con algunas manchas marrones. Se llamaba Tobiano. Al Tobiano no me lo dejaban andar porque decían que no era lo suficientemente manso para mí. Según el que se lo vendió a mi mamá, había sido usado para llevar un sulqui y tenía la mandíbula mucho más dura que los caballos comunes. Una siesta, cuando mamá dormía, le puse un freno y, sin montura, me fui a andar. Duré menos de cinco minutos. Apenas le taloneé las costillas empezó a galopar y ya no lo pude parar. Aunque le tiraba el freno al máximo para atrás, ni se inmutaba. Ahí entendí lo de la dureza de la mandíbula que decía mamá que le había dicho el que se lo había vendido. El caballo corría conmigo arriba como si hubiera estado participando en una carrera en un hipódromo de Dallas y un estanciero de nombre Mc Wayne hubiera apostado un millón de dólares a él; cosa que el caballo, de alguna forma, sabía; al igual que sino ganaba esa carrera sería ajusticiado con perdigones despedidos de las escopetas de Randy y Josh, los dos lacayos de máxima confianza de Mc Wayne. El Tobiano me tiró junto al arroyo y caí de pera sobre la raíz de un ombú muy grande que sobresalía la tierra. Llegué a la casa caminando, con la cara ensangrentado, el brazo muerto. El Tobiano seguía galopando, como si le faltaran cien metros para llegar al disco. Mamá se había levantado y estaba en la cocina preparando el mate cuando me vio por la ventana. Papá, como de costumbre, no estaba. Salió gritando de la casa, me envolvió en un toallón y me subió al renault 12. Fuimos a la clínica de Villa Allende que era lo más cerca que había. Me sacaron radiografías del brazo y de la cara.

El médico de guardia que me atendió, dijo:

- La fractura de cúbito y radio no es tan grave como el desplazamiento de mandíbula. Por el impacto con la raíz, los maxilares del niño se han dezplazado notablemente hacia atrás. Por poco no llegan al tímpano. De ser así, el tímpano es perforado por los huesos, generando pérdida total del oido.

En definitiva, que casi quedo sordo por el desplazamiento de mandíbula que sufrí al caerme de un caballo que tenía la mandíbula demasiada dura para mí, por estar acostumbrado a remolcar sulquis. Mi pera se me había hinchado tanto que mi hermano me decía Tutankamón. A veces también me decía Cesar Banana Pueyrredón. Cada vez que me quería hacer enojar se ponía a cantar: “Conociendote, co no cien do teeee…” Después de eso papá, a quien no le gustaban los caballos, decidió regalar el Tobiano. También la Tostada.


- No disculpá, no tengo caballo.


Apenas lloviznaba. Subí las escaleras del metro y como si fuera uno de los ratones fans del flautista de Hammelin, caminé decidido hacia la plaza del frente a lo de Caterina.


Llegué hasta el banco donde había estado jugando con la hormiga aquella vez, donde me había tomado el yogur de durazno; donde el Pepo y la gorda se habían conocido cuando el perro le lamió la rodilla como si hubiera tenido leche derramada. Me senté sin darme cuenta que los listones estaban todos mojados. Me levanté de un salto como si eso hubiera hecho que me mojara menos; como si la tela de jean no fuera un material por el cual el agua viaja libre y rápidamente. Sobre que hacía frío, ahora tenía todo el culo mojado. Parecía que me hubiera cagado encima. Saqué unos pañuelos descartables del bolsillo de la campera y comencé a intentar secarme un poco la parte de atrás del pantalón. Torcía mi cabeza sobre mi hombro, cuando escuché el golpe que hacía la gran puerta del edificio de Caterina al cerrarse. Era ella.






28.2.09

Las gaviotas quieren conquistar el mundo. Parte 18.

Pedazo de cuadriceps tiene, se los has visto?
A Lance Armstrong




Horas después de recibir ese mensaje intimidatorio, sonó mi celular. Caterina lloraba nuevamente del otro lado.


- Perdona Juan, mi novio ha robado mi teléfono otra vez y ha leído tus mensajes. Se ha venido conmigo a Madrid, para vigilarme. He tenido que venir a una cabina para hablarte; me controla todo el tiempo. Te echo de menos, quiero verte…


Le contesté que se calmara, que entendía su situación, que no estaba enojado; pero que no sabía como podía ayudarla.


- Ya sé que no puedes hacer nada, sólo te lo cuento para que entiendas lo del mensaje. Pero igual se marcha esta noche, ya tiene el billete. Te vuelvo a llamar así quedamos después que se vaya, vale?

- Dale...


Le estaba por decir que me llamara si él se volvía a poner violento cuando escuché un grito en la cocina:


- Vamos todavía, Lance querido! A tomar por culo con esos franchutes!


Caterina había colgado. Salí de mi cuarto y me dirigí a la cocina. Parecía que hubiera sido mi tío el que hubiera ganado el Tour de France, o que Armstrong fuera su hijo.


- No te digo yo, sobrino? Este tío es la ostia, la puta ostia! Pedazo de cuadriceps tiene, se los has visto? Se los has visto?

- Debería llamarse Legstrong...

- Qué?

- Nada...

- Que si le has visto los cuadriceps, coño!

- No me suelo fijar en los músculos de los hombres tío…

- Pues deberías. Este chaval es de otro planeta. Sabías que tenía cáncer de testículos y que…

- Tio, tío; ya me lo contaste…

- No entiendes nada...

- Me voy al cine.


Vi “AzulOscuroCasiNegro”. Elegí esa por el título; así, todo junto. La película cuenta la historia de un pibe que se llama Jorge. Jorge estudia ciencias empresariales y sueña con un puesto gerencial en alguna compañía. Una noche prende fuego un tacho de basura del edificio donde trabaja como portero su padre y a éste, al reprenderlo, le da un infarto cerebral. Queda con demencia vascular. Pierde casi toda noción de la realidad, no reconoce a las personas. Jorge se siente culpable. Decide hacerse cargo de él y de su trabajo. Continúa estudiando ciencias empresariales a distancia. Mientras cuida de su padre y del edificio, va a cuanta oferta de trabajo gerencial se publique en el diario. En las entrevistas no le va nada bien, sobre todo porque es honesto y admite que su única experiencia laboral es de portero. Pero él se lo atribuye a que no tiene un traje lo suficientemente elegante y cada vez que vuelve, desesperanzado, de las entrevistas, pasa por la vidriera de un negocio de ropa. Siempre se para a ver el mismo traje. Un traje para él hermoso. Se imagina adentro de él, los gerentes de recursos humanos felicitándolo por el puesto obtenido. Jorge tiene un hermano. El hermano de Jorge se llama Antonio y está en la cárcel. Allí, Antonio se anota en un taller de teatro para presidiarios con la esperanza de conocer alguna mujer, ya que el taller es mixto. A quien conoce es a una chica muy linda que se llama Paula. Se enamora. Ella no pero igual le pide a Antonio que la deje embarazada para que la transfieran al módulo de maternidad; donde no pueda seguir siendo golpeada por las otras presas sólo por que es linda. Cogen en cuanta opción tienen pero al poco tiempo descubren que él tiene una várice o algo así en un testículo y es estéril. Entonces Antonio, le pide a su hermano, Jorge, que le haga el favor de embarazar a la mujer que ama. Jorge duda, pero acepta. Paula se enamora de Jorge, él también de ella. Jorge también tiene un amigo que se llama Sean. Bueno, en realidad no se llama Sean sino Israel pero le dicen Sean porque, según él, se parece a Sean Penn. A él esto le gusta porque odia su nombre; no concibe que sus padres le hayan puesto el nombre de un país, encima ése. Sean no trabaja. Se pasa el día entero en la terraza de su edificio sentado en un sillón, tomando cerveza y espiando los departamentos de los vecinos con unos largavistas. Una tarde descubre que una de las ventanas es la de un masajista quien, aparte de masajes, también ofrece sexo oral. Lógicamente, son todos hombres los que van y Sean se divierte mirando como muchos conocidos suyos del barrio se van a hacer tirar la goma por el masajista. Un día descubre que mirar esto lo excita. Entonces se incentiva con la idea y se gasta todos sus ahorros en una cámara con un lente enorme, mientras Jorge sigue de entrevista en entrevista. El día que estrena la cámara ve por la ventana del masajista que el próximo cliente es su padre. Le manda las fotos por correo. Jorge, al no haber sido seleccionado una vez más, tiene una crisis de nervios justo cuando estaba pasando por enfrente del local de ropa. Siente que esa vidriera simboliza el límite de las cosas que quiere en su vida. Revienta un tacho de basura contra el vidrio y se roba el traje que tanto añoraba: uno azul oscuro, casi negro.


Cuando salí del cine, abrí mi celular y leí: “Se ha vuelto a Santander. Nos vemos a las once en plaza mayor, donde nos conocimos”. Eran las once menos diez así que compré una lata de cerveza y comencé a caminar rumbo a la plaza. No estaba lejos. Sonreí al cruzar el portal de la plaza y ver en mi reloj: 23:00. Miré alrededor, a esa hora ya quedaba pocas personas; ninguna era ella. Fui caminando hacia el punto exacto adonde se había sentado a fumar y hablar con un pelado, la tarde en que nos conocimos. Ella no estaba y la verdad es que eso no me sorprendía. Iba dispuesto a lo peor; que era básicamente eso. Después pensé que peor que eso hubiera sido que ella me estuviera esperando sin saber que su novio no se había vuelto a Santander y que la había seguido, a escondidas, hasta allí. Y que apenas nos saludáramos, una mano cerrada impactara mi rostro, a la altura de la nariz, tiñéndome de rojo.


O capaz todavía está en la terminal, despidiendo con piquitos a su novio; pensaba cuando me sentí embestido por detrás. No pude ver su cara pero no me hizo falta. El aire olía a lavanda. Pareció contar con sus dedos cada una de mis costillas en su abrazo.


- Mucho tiempo no nos vemos… dijo, sonriendo. Los hoyuelos en su máximo esplendor. Yo no contesté.






.

3.2.09

El cuerpo de Benito

A Alvaro




Hacía calor
esa tarde en Humahuaca.
Habíamos llegado el día anterior
y ya sentíamos que ese lugar
no tenía nada interesante que ofrecernos.
Decidimos ir a la terminal
a comprar pasajes.
Escapar de ahí.

- Todavía no los podemos vender
- Todavía no los pueden vender?
- No, todavía no
vengan dentro de media hora
nos dijo la empleada de Panamericano.
- El Norte tiene estas cosas…
me dijo Alvaro.

Compramos una cerveza Norte
y caminamos hacia una plaza al lado de la terminal.
En el medio
como en todo el noroeste argentino
una estatua
de Güemes.
Nos sentamos debajo de él
a tomar la cerveza
a hacer tiempo.

Unos niños jugaban
en el tobogán de la plaza.
Se subían de a 3, de a 4, de a 5.
Los dos mirábamos el cuadro
casi con ternura
como si añoráramos volver a esa etapa
o tener hijos
de esa edad.

- Che, no nos quedó nada de porro?
me preguntó Alvaro.
- Muy poquito, man.
Casi nada.
Pero si querés armo uno
mezclado con tabaco.
- Y bueno, dale.

El más pequeño de los niños
estaba en la cima del tobogán.
No se animaba a tirarse.
Abajo
los otros se le burlaban
le gritaban que era un cagón
que se hiciera hombre.
- Qué crueles son los niños
me dijo Alvaro
mientras me pasaba el semi porro
y yo la cerveza.

La niñez es la etapa más cruel de la vida
le estaba por contestar a Alvaro
cuando vimos que dos pibes como nosotros
pero jujeños
se nos acercaban.

- Hola chicos
de dónde son?
- De Córdoba…
y sin siquiera haber racionalizado
nuestro origen
preguntó el otro
- Qué están fumando?
- Tabaco armado amigo, por?
- Pues eso no huele a tabaco
dijo el que nos había preguntado de donde éramos
mientras metía la mano en el bolsillo
y sacaba algo parecido a un registro de conducir.

- Policía de la provincia de Jujuy, muchachos
nos van a tener que acompañar
- Qué? Por qué? Adónde?
Pero si no estamos haciendo nada…
- Eso ya se lo van a explicar al comisario
Vamos que es acá a una cuadra.
Arriba!
Lo miré a Alvaro
tenía la botella de cerveza en la mano
los ojos cerrados.

En el bolsillo de mi jean
un tubito de rollo de fotos
albergaba una piedrita.
La última.
Como para armar uno
o dos bien finitos.

Mientras dábamos los primeros pasos
hacia la comisaría
recordé la historia
que me había contado Paula
una amiga jujeña
sobre unos pibes que había agarrado gendarmería
en el límite de Salta con Jujuy.
Tenían poquito
y se habían comido
tres días en el calabozo.

Me temblaba la cola.

Para ser más precisos
me temblaba el cachete derecho de la cola.
Siempre que tengo miedo
mucho miedo
por alguna razón inexplicable
me tiembla
el cachete derecho
de la cola.

Metí la mano el bolsillo
y sentí el tubito de fotos.
Lo odié.
Odié la droga toda.
Pensé en tirarlo al piso
Pero uno de los canas venía adelante nuestro
y el otro cerraba.
- Vos, sacate la mano del bolsillo!
me gritó el de atrás.
- Qué nos van a hacer?
preguntó Alvaro.
- Nada…
Es un procedimiento de rutina
los requisamos y sino tienen nada como dicen
los dejamos ir.
De dónde dijeron que son?
- De Córdoba.
- Córdoba, que lindo
yo fui de viaje de estudios a Carlos Paz
dijo sonriendo
como recordando algún episodio del viaje
cuando se metió borracho con sus compañeros al San Roque de noche
cuando le tocó una teta a una mendocina en Keops.

Pero cuando entramos a la comisaría
pareció acordarse de golpe
para qué estábamos los cuatro ahí y dijo
- Te cacheamos a vos primero
después a tu amigo
seguro no tenés nada?
Viendo que ya la situación era insalvable dije
- Bueno…
pero el cana me interrumpió
- Pasá, pasá al cuartito.

El cachete de mi cola
se movía de tal manera
que temí fuera perceptible
que el cana realmente notara
el movimiento parkinsoniano
de mi nalga derecha.

Volví a buscar los ojos de Alvaro
los cerraba durante algunos segundos
como queriendo recordar algo
como resignándose ante todo
como pidiéndole ayuda a una abuela que se le había muerto.
Todavía tenía la cerveza en la mano.

Entré al cuartito
y mientras el policía cerraba la puerta, dije
- Bueno, algo tengo…
- Yo sabía.
Qué te crees que soy gil?
Qué tenés?
Sacalo porque si te lo encuentro yo
va a ser peor.
- Una piedrita nomás.
- A verla…
Metí la mano en el bolsillo de mi jean
y palpé
el cuerpo del delito

Y entonces me acordé del Chavo.
De ese capítulo en que Don Ramón
como siempre
alude no poder pagar la renta
por no tener plata
ni siquiera para comer.
Y entonces
Don Barriga
le encuentra en su departamento
una bola de boliche profesional
y piensa:
“si Don Ramón no tiene para pagarme la renta
cómo puede entonces jugar boliche
con bola propia
y encima profesional”
y entonces decide quedarse con la bola
sabiendo que los niños de la vecindad
en especial el Chavo
harán analogías y bromas
entre la bola y él
o que probablemente alguno de ellos
en especial el Chavo
de alguna inimaginable manera
se las rebuscará
para golpearlo con ella.
Por lo que cuando el Chavo le pide a Don Barriga
que le preste la bola para jugar
para hacerle creer a Kiko que Ñoño tuvo un hermano
el dueño de la vecindad le dice que no
porque él es tan torpe que puede llegar a perderla
o romperla
y él la necesita
ya que es la prueba perfecta para demostrar
que Don Ramon no paga la renta
porque no quiere
porque prefiere gastarse el dinero
en otras cosas.
En jugar boliche
o en una bola profesional
por ejemplo.
Y aunque el Chavo rezonga y patalea
Don Barriga insiste
que no le puede prestar la bola
porque ésta simboliza
“el cuerpo del delito”.
Y el Chavo
que siempre escucha mal
entiende
“el cuerpo de Benito”.

- El cuerpo de Benito…
murmuré para mi mismo
mientras le entregaba el tubito al policía.
El cana lo abrió
metió un dedo
y sacó la piedrita.
- Esto es todo?
me preguntó mientras sacudía el tubito hacia abajo
como si estuviera a punto de almorzar una milanesa con fritas
y el tubito fuera un pote de kepchupt
al que ya no le queda casi nada.
- Le juro que sí
tuve miedo que retrucara:
- Y entonces por qué te tiembla así el culo?
Pero en vez de eso me dijo
- Poné las manos contra la pared
sí me estás mintiendo
la vas a pasar mal.

Las manos del cana
recorrían mis laterales
mis ángulos
partes de mi cuerpo
en las que ni se me hubiera ocurrido
que alguien pudiera esconder droga.

Mientras el policía metía sus dedos
adentro de mis medias
me acordé del niño pequeño
arriba del tobogán
sus amigos abajo
diciéndole que era un cagón
que se hiciera hombre.

Tuve miedo
que cuando el policía hurgaba
el bolsillo trasero derecho de mi jean
notara el movimiento del cachete
y me preguntara:
Por qué se te mueve así el culo?
pero en vez de eso dijo:
- Bueno parece que no me mentís
que esto es todo.
Tu amigo qué tiene?
- Nada
- Mirá que lo vamos a cachear a él también
- Le digo la verdad, oficial
eso es todo lo que tenemos.
- Y de donde lo sacaron?
me preguntó sosteniendo la piedrita
que había llevado desde Córdoba
junto con todo lo demás
que ya había sido fumado
en Salta
en Purmamarca.
- Me lo regalaron…
- Te-lo-regalaron?
- Sí, me lo regalaron
- Ajá, y a ver
Cómo es eso?
- Sí, ayer
habíamos comprado unas cervezas
para tomar en el hostel
y vino un pibe
y me ofreció
una piedrita a cambio de una cerveza.
Y bueno
eso.

- Cómo era?
- La piedrita?
es ésa…
- No, cómo era el diler?
- Que no
que no era un diler.
Era un pibe normal
como nosotros.
- Tenía rastas?
- Sí
- Bien, ya sé quien es…
Decile a tu amigo que pase
después que lo cacheamos a él
sino no le encontramos nada
los hacemos firmar
y se van.
- Firmar?
- Sí
pero no te asustes
tienen suerte
si esto es todo
la cantidad incautada
no es suficiente para iniciar un sumario.
La firma es para el libro de actas
para dejar asentada la requisa nomás.
Que pase tu amigo.

Entonces le digo a Alvaro que pase
y apenas entra
el cana le pregunta:
- Que tenés adentro de la funda?
- Un charango…
- Lo compraste acá?
- No, en Purmamarca
- Ah…
y cuánto te salió?
- Mil quinientos.
- Pero es uno profesional entonces…
- Si…
lo querés ver?
- Y bueno, dale.
Igual lo tenemos que registrar.
Yo estoy empezando a tocar.
Tengo uno, pero lo conseguí usado
y se desafina todo el tiempo.
Estoy viendo de comprarme
uno profesional también
pero todavía no junto la plata.

Y entonces me volví a acordar
de la bola de boliche profesional
que el señor Barriga
le encuentra a Don Ramón.
Del cuerpo de Benito
que ya no estaba en mi jean
sino sobre el escritorio
dentro de una bolsa
una bolsa gruesa
casi como de ule
pero transparente
y con un cierre ziploc en la punta.

- Ah, pero está re bueno
exclamo el cana apenas Alvaro abrió la funda
- Querés probarlo?
- Uh, me encantaría
pero tengo miedo entre el comisario.
Puede caer en cualquier momento
fue al bar a ver el partido del lobo
y ya debe estar por terminar.
Si Gimnasia va perdiendo
se levanta antes que termine el partido.
Y como si el policía hubiera sido
un discípulo lejano y andino
de Nostradamus
o porque el lobo perdía
la puerta se abrió
y apareció
efectivamente
el comisario.

- Ustedes son los cordobeses?
El cachete derecho
que ya casi había parado por completo
volvió a aumentar la frecuencia temblorosa
como si fuera un ventilador que estaba al máximo
cuando se cortó la luz
y hubiera comenzado a perder su velocidad
y cuando ya estaba a punto de parar definitivamente
de quedar congelado
de golpe
hubiera vuelto la luz.

- Si, somos nosotros…
contestó Alvaro al notar
que parecía que yo de repente
me hubiera olvidado el castellano.
- La requisa fue total?
preguntó a los oficiales
- Total!
respondieron a dúo
- Bueno
los vamos a dejar ir
pero si quieren salir limpios
van a tener que colaborar con nosotros
- Ah?
se le escapó a Alvaro
- Ahora van a acompañar a los oficiales
hasta la plaza
y les van a marcar
la persona que dicen que les regaló esto.
- Ah?!
repitió Alvaro
que no había estado en el cuartito
cuando le inventé al policía
la historia de que el cuerpo de Benito
me lo había regalado un rasta.
- De acuerdo?
preguntó el comisario
- De acuerdo!
contesté rápidamente yo
antes que Alvaro mandara todo a la mierda.
Lo miré.
Sus ojos me preguntaban un millón de cosas.
Seguía con la cerveza en la mano.

Salimos a la calle los cuatro juntos
rumbo a la plaza.
La cola ya no me temblaba
al menos no tanto.

Uno se puso a caminar al lado mío
y el charanguista amateur junto a Alvaro.
Yo iba mudo y pálido
pensando que iba a hacer
cuando llegáramos a la plaza
y los oficiales me dijeran
- Bueno pibe, marcanos cuál es?
El policía debió haber notado el miedo
en mi cara
o en mi cola
y entonces me dijo
poniéndome la mano en el hombro
- No te asustes pibe.
No es a ustedes a quienes buscamos
sino a los peces más gordos.
Cuando yo era más pendejo
también fumaba porros
y al día de hoy
algunos amigos míos lo hacen.
Cuando nos juntamos a comer un asado
y me ofrecen
yo tengo que decir que no
para dar el ejemplo, viste?
Pero bueno
no me molesta que otros lo hagan.
Pasa que el comisario este es nuevo
y se quiere hacer el picante.
Por eso les habló así.

Miré hacia atrás
Mi amigo y el otro policía caminaban a unos pocos metros.
Alvaro le había prestado el charango al cana
y éste intentaba tocarlo.
Alvaro sostenía la botella y de tanto en tanto
se tomaba un trago del pico
pero siempre atento
a cómo ubicaba sobre el mastil
la mano izquierda el policía.
No tenía idea hacia donde íbamos
ni porque nos acompañaban policías.

- Aparte
a este rasta ya lo tenemos marcado
vende collares, pulseras
y creemos que porro también.
Es de rosario, creo
dijo el policía a mi lado
mientras me sacaba la mano del hombro.

Llegamos a la plaza
había poca gente
unos mochileros tomaban mate en grupo
otros tocaban la guitarra y cantaban
una canción de Los Redondos.
El guitarrista era un rubio bronceado.
que aunque ya estaba casi anocheciendo
no se sacaba sus anteojos de sol.
Tenía puesto un sueter blanco de lana de llama
con motivos incas en marrón.
Cuando llegaba al estribillo
sus amigos se sumaban cantando:
“Me voy corriendo a ver
que escribe en mi pared
la tribu de mi calle.”
Alvaro le mostraba al cana
como hacer un fa sostenido mayor.
No había ni un rasta.

- Molina, lo ve al sospechoso?
Y Molina que intentaba sacar un carnavalito
le devolvió el charango a Alvaro
como si de repente se hubiera acordado
que era policía
que estaba buscando a un distribuidor de drogas
que tenía rastas.
- No, no lo veo.
Pero ahora que me acuerdo
ese sucio está siempre arriba de la escalinatas
junto al monumento de la independencia.
- Vamos para allá chicos.
Empezamos a caminar
y el rubio y sus amigos
largaban con otra canción:
“Miraba el cielo justo a tiempo
miraba el cielo justo a tiempo
aia, ia, iaiaiaiá.”

Llegamos a la base de las escalinatas
y el policía pareció mágicamente transformarse
en guía turístico.
Dijo:
- Son cientotres peldaños.
Aquél del monumento allá arriba
es el chasqui indígena Pedro Socompa.
Fue el último cacique omaguaca
y su ayuda a las tropas de Belgrano
fue vital para lograr la independencia.
Tiene el brazo así levantado
porque simboliza cuando regresó a su tribu
tras la última batalla contra los españoles
anunciando la libertad.
La estatua mide casi cuatro metros
y pesa más de setenta toneladas.
De golpe
se quedó callado
y seguimos subiendo las escaleras
en silencio.

Al rato el otro contó
que la semana pasada
habían agarrado a un porteño fumando
así como nosotros
y que cuando lo requisaron
le encontraron una piedra de diez gramos.
Lo mandaron directo a la cárcel de San Salvador
adonde ya estaba hacía más de tres semanas
y según el cana
tenía para más.
- No la debe estar pasando muy bien...
concluyó.

Intenté imaginar
Como sería una cárcel jujeña.
No lo logré.

Al final de las escaleras
frente a un gran paño negro
repleto de collares, pulseras, tobilleras
hechas en macramé
había un rasta sentado.
Tomaba mate.
Sonreía a los turistas y les decía
que se probaran tranquilos lo que quisieran.
- Sin compromiso, amigo…
decía.

- Es ése, no?
Lo miré bien.
Parecía un integrante
de Todos Tus Muertos
de Resistencia Suburbana
de Karamelo Santo.




.

2.1.09

Las gaviotas quieren conquistar el mundo. Parte 17.

Cómo sabés quién va ganando?



Corté mientras miraba por la ventana. Todavía era de noche. Puse un disco de Echo & the Bunnymen y me metí a la cama. Me dormí pensando en la injusticia que sufría esa banda que nunca había logrado el reconocimiento de grupos contemporáneos suyos como de The Cure o Depeche Mode, siendo igualmente o más virtuosos que ellos. Me desperté a las tres de la tarde. El equipo de música había quedado en repeat toda la noche y sonaba “Lips like sugar”. Pensé en los labios de Caterina, en si ya habría llegado a Madrid. En la cocina el televisor seguía prendido, pasaban una carrera de ciclismo, la pasión de mi tío.

- Tío…
- …
- Tío!
- Qué? Qué pasa Juan?
- Nada, no sabía si estabas o no…
- Sí, estoy mirando la carrera.
- Che, cuánto hay de Santander hasta acá?
- En kilómetros?

- No, en horas.
- Ah, ni idea…
- Y en kilómetros?

- Tampoco…
- …
- Por?
- No, por nada…

Abrí mi celular, busqué su nombre y apreté send. Al segundo ring escuché su voz:
- Perdona Juan, no puedo hablar ahora, luego te explico…

Y me cortó. Pensé que era raro que me dijera eso. Intenté imaginar en que situación estaría que no podía hablar. Quizás bajándose del bus en la terminal de Madrid. Le mandé un mensaje: “Quería saber si ya habías llegado a Madrid. Avisame. Te extraño”.

- Y tío? quién gana?

- Y quién va a ganar? mi pollo Lance! Le saca casi dos minutos al segundo!

Mi tío, aparte de ser fanático del ciclismo, le rinde el culto que una colegiala norteamericana le puede rendir a Britney Spears, a Lance Armstrong. Tiene hasta libros sobre él: “Cada segundo cuenta”, “El método Amstrong de entrenamiento” y su autobiografía "No se trata de la bicicleta". También tiene un póster: Lance sonriendo sobre su bicicleta con los brazos en alto, colgado en el baño, arriba del inodoro. Cuando no las pasan por la tele, escucha las carreras por la radio. A veces también va a lo de la vecina y las graba en vhs. Guarda estos casettes apilados atrás de la heladera. Con un marcador rojo escribe lo más prolijamente posible: “tour de france 05”,“vuelta de españa 2006”. No tenemos videocasetera.
Me serví un vaso con leche fría y me senté al lado de mi tío. No podía creer que alguien se pudiera poner tan nervioso mirando como gente pedaleaba.


- Cómo sabés quien va ganando si lo filman sólo a él?
- Sabías que tenía cancer de testículos con metástasis en el cerebro y los pulmones y cuando todos le pronosticaban lo peor, el tipo se recuperó y ganó siete veces el Tour de France; algo que nunca nadie logró?
- No...
- Y que sale con Sheryl Crow?
- Nah, me estás jodiendo...
- Que no, no estoy de coña.
- Qué bárbaro...
- ...
- No te aburre?
- Qué cosa?
- Ver gente pedaleando
- Peor es mirar personas corriendo atrás de una pelota, acá por lo menos el paisaje va cambiando...
- Ja...
- ...
- Y le gusta la música?
- Qué?
- Si le gusta la música, para estar de novio con Sheryl Crow... Encima semejante mina...
- Mmm, ni idea...
- Capaz cuando entrena pone los discos de ella en el i-pod.
- El qué?
- Nada, nada.
- Ya falta poco...
- Che, no me contestaste. Cómo sabés quien va ganando?
- Ahí abajo dice, no ves?


En la parte de abajo de la pantalla decía, efectivamente, el nombre de quien iba primero, el pollo de mi tío. Me puse a pensar como habría descubierto Lance su amor por la bicicleta, cuando se había dado cuenta de que se pasaría la mayor parte de su vida pedaleando, que de eso viviría, que superaría el cancer de tesículos por amor a la bicicleta, que la gente colgaría posters de él en sus baños, arriba de los inodoros.

Entonces me acordé cuando me regalaron mi primera bicicleta. Fue para Reyes de cuando tenía 8 o 9 años. Era una bici cross verde marca "Enrique", con rueditas. A mi hermano, quien se había encargado de dejar el pastito y el agua junto a la puerta, le trajeron un barrilete de Mazinger Z. Después de almorzar, mientras yo probaba mi bici en la vereda de casa, él corría de acá para allá con su barrilete. No había viento ni forma que lo hiciera volar. En un momento dejó el barrilete en el piso y se me acercó:

- Sabías que esta bici es mía, no?

- Qué? Estás loco vos.
- Sí, si. Es la mía, la roja que tenía y me quedaba chica. No viste que no está más en el garage?
- Pero ésta es verde, tiene rueditas…
- Las rueditas se las puso papá, pavo; después de pintarla de verde…
- Vos estás celoso porque a mi me trajeron esto y a vos un barrilete de mierda.

- Ah, sí? No me crees? Ya vas a ver…

Dijo mientras empezó a mirar alrededor suyo en el suelo, como buscando algo que se le había perdido. Alzó un pedazo de ladrillo que había junto al cordón de la vereda y se volvió hacia mí.

- Pará! Qué vas a hacer?

- Te voy a abrir los ojos, pendejo.

Y ahí nomás empezó a darle con el ladrillo al caño que unía el manubrio con el asiento. A medida que iba saltando la pintura, se empezaron a ver partecitas rojas. No me acuerdo más que hasta ahí. No recuerdo si me largué a llorar, si le intenté pegar, si me fui corriendo a acusarle a mamá mientras la pintura verde saltaba para todos lados. Tampoco me acuerdo si en ese momento supe que eso rojo que aparecía era la pintura original del cuadro de la bicicleta o era el color que dejaba el ladrillo al estrellarse contra el caño.


Todo esto pensaba cuando sentí que en mi habitación, mi celular me avisaba que había recibido un mensaje de texto. Desde un teléfono que no tenía agendado, leí lo siguiente: “Oye chico, soy el novio de Caterina. No escribir y no llamar más". Al leer eso lo primero que me vino a la mente fue pensar que ella le había dicho que yo era cubano, o venezolano. Luego comprendí porque no había podido hablar cuando la llamé y los imaginé juntos, acostados en la cama, escuchando Doors. La vi a ella con poca ropa, mostrándole mi mensaje donde le decía que la extrañaba; ambos riéndose de mí. Desde el avión que me había hecho llegar a ese continente que no sentía nauseas. Entonces nuevamente pensé que era mejor no volverla a ver, no llamarla; pensar que todo había sido una joda del destino, que ella era algo que había pasado rápidamente, como el huracán que llevaba su nombre en inglés y había sucumbido a Nueva Orleans.

Creo que lo que más me jodía no era pensar que aun seguía con su novio, ni que no habíamos cogido; sino que no volvería a ver los hoyuelos de su sonrisa. Cada vez que lo hacía es como que me daban más ganas de vivir.





.

17.12.08

Las gaviotas quieren conquistar el mundo. Parte 16.

Una vaca qué?




- Igual una vez no me quedó otra…
agregó papá.
- Cómo?
- Sí, que una vez fumé esa porquería; pero no cuenta.
- Cómo que no cuenta?
- Sí, porque no tragué el humo
- Y para qué fumaste?
- Pasa que estaba con una mina, una de las veces que fui a Nueva York. Estábamos sentados tomando algo en un bar y ya estábamos los dos medios borrachos. A mi se me complicaba mucho con el idioma, pero cada whisky que me tomaba me ablandaba más la lengua. Y entonces en un momento la mina me pregunta si yo fumo y yo, para hacerme el canchero, le digo que a veces sí, pensando que hablaba de cigarrillos normales y ahí nomás sacó un cigarrillo de droga de su cartera…
- Un cigarrillo de droga?
pregunté conteniendo la risa
- Sí, un porro…
- Ajá… Y?
- Y nada, que ahí nomás lo prendió y yo no me animé a decirle que en realidad yo pensaba que se refería a los cigarrillos normales. Le pegó varias pitadas y después me lo pasó. Le di una sola seca y se lo devolví; guardé todo el humo en mi boca y garganta y apenas miró para el otro lado, lo largué y entonces…

Papá seguía hablando pero yo ya no lo escuchaba. No quería saber como había terminado la historia. Recordé que todas las veces que había ido a Estados Unidos, todavía estaba casado.
Ya no me dieron muchas ganas de seguir hablando así que decidí ir directamente al tema por el que lo había llamado.


- Y vos qué decis que haga con esta mina, viejo? Me gusta mucho pero está en otra… Según ella no quiere volver a verlo al novio pero no sé; es muy rara… Está sola acá en España, la quiero ayudar; quiero que se enganche conmigo. El novio le pega viejo, le pega...

Papá me escuchaba sin comentar. No sé si realmente estaba prestando atención a lo que le decía o es que seguía leyendo un artículo sobre la utópica restauración de la democracia en Irak en el suplemento Enfoques de La Nación.


- Me estás escuchando papá?
- Claro que sí.
- Ah, como no me decís nada…
- Es que, hijo, lamento decirte que no te digo nada porque en estos momentos no hay nada que se pueda hacer. Es como si a una palomita de la virgen le hubieran dado un hondazo…

Palomita de la virgen. Mi papá es una de esas personas que cuando va al campo se la pasa mirando para arriba y puede descifrar, tan sólo con la silueta o el canto, el nombre de cada pájaro. Tiene un libro que se llama “Las 1001 Aves de Argentina”. Uno de las primeras veces que el juez del divorcio autorizó a que yo pasara todo el fin de semana con él, me llevó a la casa de campo. Sólo nosotros dos. Mis hermanos aún todavía estaban muy dolidos, no lo querían ver; lo culpaban a él por la separación. Yo también, pero al mismo tiempo me daba mucha lástima verlo sentirse tan culpable. Era la primera vez que íbamos solos al campo, y obviamente el clima era muy distinto a como había sido siempre que íbamos los cinco. A la noche la cosa se puso más incómoda todavía porque estábamos los dos sentados a la mesa, casi sin hablar, con el ruido del sol de noche como único sonido ambiente. El se dio cuenta de lo mal que la estaba pasando y entonces me dijo:

- Te desafío a un juego!

Yo tenía que elegir cualquier pájaro del libro, tapar su nombre, mostrarle la ilustración y él adivinaría que ave era. Le pegaba a todos. Lo que más me molestaba es que después de que yo le decía que sí, que había adivinado, hacía comentarios del tipo “esos hay sólo en el litoral, sobre todo en Corrientes” o “este pájaro en particular es vital para el ecosistema cuyano porque se alimenta a base de víboras y ratones que, a su vez, se alimentan de uvas”. Todavía me acordaba de algunos pájaros del libro: el sietecolores, la calandria, la urraca, el quinto b o bicho-feo; pero no de la palomita de la virgen. Tampoco de las gaviotas. Estaba convencido de que nunca le había hecho adivinar esa paloma a papá, por lo que no podía hacerme una imagen gráfica del bicho. Me imaginé una paloma con un mini disfraz de monja; no pude evitar reírme.

- Vos reite nomás pendejo, pero escuchalo a tu papá que de esto algo sabe. Es como te dije, esa tana es como una palomita de la virgen que la han cascoteado. No hay que intentar hacerla volar porque aun está dolida y puede ser peor. Hay que esperar que, con el tiempo, se reponga sola...
- Se reponga sola…
repetí sin poderme quitar de la cabeza la imagen de la paloma-monja.
- Sí, sola hijo… Y sola volverá a volar, recién cuando esté lista…
- Recién cuando esté lista…
- Vos me estás tomando el pelo, pendejo?
- No, por?
- Porque no hacés más que repetir lo que digo.
- No viejo, es para mentalizarlo… Che, y si vuelve con el novio, que hago?
- Mmm… Y nada Juan, si hace eso es que es una vaca alambrera…

Mi papá y sus alegorías rurales.


- Una vaca qué?
- Alambrera hijo, una vaca alambrera.
- Y qué se supone que es eso?
- A veces, en los ganados, hay algunas vacas que no se sabe bien por qué, les gusta escaparse del grupo; cruzan el alambrado, aunque sea de púa. Los peones le suelen colgar largos palos del cuello para que se enganchen en el alambre y no puedan cruzar, pero no hay caso. Son alambreras y siempre, como sea, se escapan. Vaca alambrera, muere alambrera..
- Pero como lo cruzan, no se enriedan con el palo?
- Nadie sabe como hacen, parece que toman carrera y lo saltan.
- Que bárbaro… Che, y cuál es la relación de Caterina con la vaca alambrera?
- Eso, que por más esfuerzos que hagas, la vaca alambrera, muere alambrera.
- Ajá… No puede cambiar?
- No Juan, las vacas no cambian, la gente tampoco, y mucho menos las minas.
- Claro…
- …
- ….
- Che, cómo anda mi primo Huguito? Esta ahí? Me pasás con él así lo saludo?

Miré a mi tío. Seguía durmiendo abrazando la almohada, de costado. En la parte del colchón que estaba junto a su boca abierta, había una mancha de baba con la forma de Brasil. Una de las pocas cosas que sé de mi tío después que se fue de Argentina es que apenas llegó a España se había casado con Marilia, una odontóloga de Porto Alegre que también pensaba que su vida iba a ser mejor en Madrid. Una tarde me contó que se habían separado después de medio año porque no tenían sexo. Me confesó que eso era culpa suya pero no es que fuera impotente sino que no se sentía atraído para nada hacia ella. Le pregunté para que se había casado entonces y me dijo que porque ella había estudiado, era una profesional y pensaba que eso le iba a simplificar la vida.


- Está durmiendo Papá, acá son las cinco de la mañana.
- Ah… y qué hacés despierto a esa hora?
- Te mando un beso viejo, que andes bien….




10.12.08

Las gaviotas quieren conquistar el mundo. Parte 15.

Vos alguna vez probaste?

Al Ken



A las cuatro de la mañana me despertó mi celular. Mi tío también se había dormido y la televisión había quedado prendida. Pasaban infomerciales. Uno de didi seven; una pomada milagrosa que limpiaba cualquier tipo de superficie, lo que fuera. Un sillón con caca de perro, las manos llenas de pintura, la tinta de una lapicera azul explotada en el bolsillo de una camisa verde clarita. Una vez el Ken, mi primer perro, se hizo caca sobre el sofá del living. Yo tenía tres años y me pasaba el día entero en el patio jugando con el perro. Por lo general no entraba a la casa pero una vez, jugando, yo lo hice entrar y pasó lo del sillón. Mi papá le pegó tanto que nunca más volvió a entrar a la casa. Aunque lo llamaran desde adentro, él se frenaba en cuanto llegaba al marco de la puerta y ahí se anclaba, estoico. A pesar de respetarlo más que a nadie en la familia, se notaba que le había perdido el amor a papá. Cuando mi mamá, mis hermanos o yo lo llamábamos, movía la cola. En cambio cuando papá lo hacía, agachaba las orejas y se acercaba cabizbajo, como si el incidente de la caca hubiera sucedido hace minutos.

- Le parecen horas de llamar, señorita?

Caterina intentaba decirme algo, pero unos desesperados sollozos me impedían entenderle
Cate, calmate. Decime que te pasa por favor, no me asustes…

- Juan, he litigado con mi novio, me ha pegado…


Efectivamente tenía novio entonces. Deduje que a eso se había ido a Santander, a visitarlo a él que era de esa ciudad. O capaz no, capaz sí era italiano y sí se llamaba Gianluca y habían decidido encontrarse en Santander porque a él le salía más barato volar ahí desde Italia y no a Madrid. Y entonces habían pensado que ninguno de los dos conocía esa ciudad y que era una buena oportunidad para hacerlo juntos, para pasar el fin de semana acostados en alguna playa, cambiar el mar mediterráneo por el cantábrico. Se me ocurrió preguntarle si se llamaba Gianluca pero en vez de eso dije:

- Cómo que te pegó?!
- Sí, estaba borracho, o colocado con keta. Volvió de una fiesta y yo estaba dormida. Abrió mi móvil y se puso a revisar mis mensajes. Encontró los tuyos.
- Pero si yo no te mandé nada…
- Los de la semana pasada…
- Es un imbécil! Y qué fue lo que te hizo?
- Me insultó, me tiró el móvil en la cabeza, me pegó dos cachetadas; luego se fue…
- Adonde?

- No sé Juan, no sé! Cómo voy a saberlo, estaba enfurecido, se fue corriendo. No quiero verle más. Quiero volver a Madrid contigo, ahora.


No sabía que decirle así que le pedí que se tranquilizara; le dije que todo saldría bien, que se durmiera y que mañana se volviera en el primer bus a Madrid. Me pidió disculpas por llamarme y yo le dije que no fuera estúpida, que me volviera a llamar si lo necesitaba, que allí estaba yo.

- Acá estoy Cate, para lo que sea, a la hora que sea..

Me agradeció y cortamos. En la tele seguían demostrando porque didi seven era el mejor limpiador del mundo. Me había despabilado. Mi tío roncaba y abrazaba una almohada. Me lo imaginé de chico, durmiendo al lado de su primo, mi papá. Miré el reloj. Casi las cinco de la mañana. En Argentina pronto serían las nueve. Decidí llamar a mi casa en Córdoba. Era domingo y papá seguramente leía el diario mientras se tomaba unos mates, todavía sin levantarse de la cama.

Mi papá se toma tres pavas de mate por mañana. Yo todavía tomaba la leche en mamadera cuando me hizo probar por primera vez. Mi mamá no lo dejaba porque decía que me iba a quemar con la bombilla y una vez que estábamos en el campo y mamá se había ido a buscar huevos con mis hermanos, mi papá me llamó y dijo:


- Dale Juan, ahora que no está tu mamá; vení tomate un mate!

Y yo fui corriendo y me prendí de la bombilla como si fuera la teta de mi mamá, más por el hecho de hacer algo prohibido que por la intriga que me podía llegar a generar el sabor que tendría el mate en sí. A veces se hace el gracioso y dice que el mate es la mejor droga que hay, que si en Holanda conocieran la yerba mate, la marihuana no hubiera prosperado. Lo he escuchado tantas veces a ese estúpido chiste que cada vez que una conversación se aproxima al tema, ya sea a través de la droga o la infusión, ya empiezo a sufrir al saber que, tarde o temprano, llegará esa pésima broma. El teléfono sonó tres veces antes que escuchara la voz gruesa de papá. Hablamos un par de giladas y me notó que estaba medio bajoneado.

- Me parece que a vos te andan haciendo falta unos buenos amargos…

- Ah?

- Sí Juan. El mate es la mejor terapia contra la nostalgia.

- Pero si yo no estoy nostálgico papá, al menos no todavía; acabo de llegar a Madrid...

- Bueno igual, el mate tiene mateína que es un estimulante natural, similar a la cafeína. El mate es la mejor droga que hay; si en Holanda…


No podía creerlo. Hice como si tuviera párpados en las orejas y pasé toda la información de entrada a los ojos. Como si yo fuera un equipo de música y me hubieran movida la perilla con la que se pasa de radio a cd. En el infomercial mostraban como una señora venía caminando de la cocina hacia la mesa del comedor donde toda la familia la esperaba ansiosa para almorzar y de repente se tropezaba con un autito de juguete de los nenes y caía al piso, ella y la fuente. Todos los sorrentinos, panzotis o lo que poronga fuera que tenía tanta salsa de tomate, desparramados en el suelo. Ahí nomás aparecía el bronceado presentador, ponía tres choricitos de didi seven sobre la alfombra y comenzaba a frotar con un cepillo. La salsa de tomate parecía evaporarse. Poner alfombra en el comedor, vaya familia pelotuda pensaba, mientras mi viejo concluía su teoría sobre que hubiera pasado en Ámsterdam si los holandeses conocieran nuestra yerba.


- Cómo podés decir semejante pelotudez si en tu vida probaste ni una seca de porro…

era lo que me moría de ganas de decirle, pero no me animé.
- Che viejo, vos alguna vez probaste?
- Cómo?
- Eso, si probaste marihuana…
- Y… Oportunidades tuve, pero siempre dije que no. Dicen que podés perder el control de vos mismo y no me interesa para nada sentir eso. El turco Libidinoff fumaba mucho de esa porquería y vos viste como está…

El turco Libidinoff era un pintor amigo de mi viejo. Había cursado con mi papá el secundario y de vez en cuando él le compraba algunos cuadros. Vivía en Nono, en una cabaña de madera al lado de un arroyo. El turco tenía un estilo más bien abstracto y mi papa siempre le insistía que si quería vivir de la pintura tenía que dedicarse a los paisajes realistas. Que con semejante entorno debía aprovechar. El turco lo escuchaba, pero no parecía convencerse mucho de los consejos comerciales de mi papá. Una vez le dijo:
- Para qué mierda voy a pintar las sierras si eso lo pueden ver todos, yo prefiero plasmar cosas que no se pueden ver...
y mi papá nunca más lo jodió con ese tema. Cada vez que íbamos a San Luis a visitar a mis tíos, pasábamos a saludarlo. El había hecho casi todos los muebles de su casa. Siempre tenía un montón de perros, cada vez que lo visitábamos había uno nuevo. El turco los dejaba estar adentro de su casa, a sus anchas. Un día le pregunté si nunca le habían hecho caca en el sillón y me contestó que esos perros habían sido criados a base de puro amor, que era imposible que eso sucediera.