la abuela de nalbandian
Tengo la sensación que me estoy olvidando todo. Hoy comienzan oficialmente mis vacaciones y estoy armando el bolso. Mañana vuelvo a las playas brasileras después de muchos veranos lejos del mar. Obviamente estoy contento. En realidad lo de armar el bolso es una forma de decir porque no tengo un bolso sino una mochila. Mochila-mochila. De mochilero. Es de 70 litos y me la compré ya hace tiempo en Falabella a 39 menemistas pesos. Nunca entendí porque las mochilas se miden en litros. Cada vez que alguien lo menciona o lo leo en los catálogos de camping me imagino un flaco al final de la línea de montaje de una fábrica con una manguera verde y amarilla, llenando con agua una fila interminable de mochilas. Por alguna extraña y mágica razón el agua se mantiene siempre adentro, ni una gota se filtra. La compré un mes antes de irme a Perú. Ese primer viaje que abriría mi cabeza como la Victorinox de Mac Gyver abre una lata de calamares, en su tinta.
Mac Gyver se encuentra encerrado en un gran galpón oscuro. Nunca entendí porque tenía la costumbre de meterse en esos lugares, pero Mac iba y se metía. Y después siempre llegaban los malos y lo encerraban al muy gil. Y allí estaba, otra vez, Mac en este inmenso y oscuro galpón, intentando forzar todas las vías de escape, sin éxito.
- ¡Maldita sea!
grita mientras confirma que todas las puertas tienen candados enormes e inviolables y que las pocas ventanas que hay están selladas. Entonces Mac, como siempre, comienza a hurgar nervioso entre los estantes del galpón (en los lugares donde encierran a Mac Gyver siempre hay estantes repletos de elementos que, individualmente, son inservibles pero que, articulados correctamente, combinan de manera perfecta) sabiendo que les queda poco tiempo porque la cuenta regresiva de la pantallita digital de la bomba marca ocho minutos (en los lugares donde encierran a Mac Gyver siempre hay una bomba a punto de estallar, o pronto se acabará el oxígeno). "Les" queda poco tiempo porque Mac no está solo. No (en los lugares donde encierran a Mac Gyver siempre, por alguna extraña razón cósmica, siempre lo acompaña una agraciada señorita que se llama Jane o Susan, es hermosamente americana y no deja de sorprenderse con las capacidades de Mac por lo que exclama constantemente: - Eres increíble, Mac Gyver!) pero esta vez Mac no encuentra en los estantes nada que le pueda servir para poder forzar esas puertas y salir en libertad, correr fuera de allí de la mano de Jane o Susan antes que la bomba explote y besarla tiernamente mientras la bomba se detona, a cientos de metros de distancia, embelleciendo estéticamente la escena: Atrás del beso todo es naranja y aunque la explosión es grande, no se escucha porque ya suena un tema de Rod Stewart de fondo y pronto aparecerán los créditos. Pero eso aun no sucede porque Mac no encuentra en los estantes los elementos que necesita y desespera. Ella lo nota y, resignada, le dice que ya está, que se dé por vencido, que ya nada se puede ser; lo cual pienso que sería un giro fantástico en el capítulo pero él le contesta que no, que algo encontrará que los salve y puedan salir corriendo de allí de la mano y todo eso del beso y la explosión a lo que ella pregunta, casi burlándose de su búsqueda inútil:
- ¿Y ahora qué Mac? ¿Piensas forzar las puertas con una goma de mascar?
- ¿Qué? ¿Tienes una?.
Se ve que Mac Gyver no vio el capítulo de El Chavo en el que el profesor Jirafales le dice a Kiko que quien responde una pregunta con otra pregunta, es un idiota.
Bueno, es la misma mochila con la que me fui a Perú la que ahora estoy llenando ahora para irme a Brasil. Tu Brasil. Y siento que me estoy olvidando todo. Hasta hice una lista, como si eso ayudara. Entre otros ítems, algunos tachados, leo la palabra “paletas”. Estoy seguro que me estoy olvidando cosas vitales pero lo único que me importa hace varios días son las paletas para jugar en la playa. Desde la semana pasada vengo pensando en eso y el otro día cuando fui a pagar el alquiler lo recordé al encontrarme mirando la vidriera de un local de tennis que hay en la Ituzaingo. Ahora que lo pienso, no sé que hacía mirando la vidriera de un local de tennis. Supongo que sorprendiéndome de que existan locales exclusivamente de tennis, cuando -como por arte de magia- lo recordé: las paletas! Sin dudarlo encaré hacia la entrada. No había ni un cliente adentro. Pleno enero a las 3 de la tarde. La gente está tomando sol en sus piscinas o soda con hielo en sus sofás, disfrutando de las frigorías de sus aires acondicionados. ¿Quién carajo va a ir a meterse a un local de tennis? pensé. Entré. No había cruzado la puerta cuando el único vendedor se vino derecho hacia mí, como si yo fuera el 9 entrando al área para cabecear y él, el 2.
- Hola, ¿en qué te puedo ayudar?
- Paletas...
- Sí, de paddle?
- No, no...
- Ah, de pelota paleta?
- Esas...
dije no muy convencido. El vendedor sonrió robóticamente mientras me pidió que por favor lo siguiera.
- Por acá, por favor seguime.
De las paredes colgaban decenas de raquetas; raquetas azules, verdes, rojas, una semi transparente. Pensé en Nalbandian, en que estaría haciendo en ese momento. Tal vez tomando mate y comiendo bizcochuelo marmolado en el jardín de la casa de su abuela en Unquillo. Quizás tomando cocaína en el baño de un boliche de Sydney.
- ¿Vos buscas con tarugos o sin tarugos?
me preguntó mientras con la mano señalaba 8 o 9 paletas que colgaban de la pared. No eran de paddle, tampoco playeras. Creo que nunca había visto ese tipo de paletas en mi vida. ¿Quién toronja comprará esto? pensé.
- ¿Cómo con tarugos?
- Claro, las viejas vienen con tarugos. Las nuevas y las olímpicas, no.
Las olímpicas? What the fuck?
- Ah... ¿Y cuánto cuestan?
- Y... tenés de distintos precios. Las sin tarugo son más caras, por el sistema nuevo que las hace más livianas, ¿viste? Mirá, compará...
me dijo mientras me entregaba dos paletas. Una con tarugos, otra sin. Quedé con una paleta en cada mano en el medio del local. El cajero me miraba y, creo, se reía. Seguro pensaba que yo parecía uno de esos banderilleros que le dicen a los pilotos de aviones por donde tienen que ir y adonde estacionar en las pistas de los aeropuertos. Me imaginé la convención latinoamericana de banderilleros. Se haría en un hotel de La Falda. – Compañeros: no debemos dejar que nos pisoteen; nosotros somos tan importantes como los pilotos o las azafatas ¡Sí señor! diría el delegado ante la masa banderilleril que lo aplaudiría fervorosamente, convencidos realmente de que son tan importantes como los pilotos o las azafatas. Yo movía las paletas para arriba y para abajo, cotejando la diferencia entre sus pesos. Me parecía que eran absolutamente iguales. Las cambié de mano al recordar que un profesor de física del colegio me dijo una vez q esa técnica es engañosa y se debe intercambiar de mano los objetos a pesar porque por lo general y si uno es derecho, se tiene más fuerza en el brazo derecho que en la izquierdo entonces eso puede confundir a uno porque siente que algo es más liviano que lo que está sosteniendo con la izquierda y en realidad la diferencia no está en el objeto a pesar sino en la masa muscular del portante. - El procedimiento es a la inversa si sos zurdo... había concluido mi profesor.
Las fábricas de raquetas y paletas en su eterna guerra contra la gravedad... pensé.
- Mucho más livianas las sin tarugos, es increíble...
- Y claro... ¿Viste que te dije? Aparte despiden mucho más...
¿Despiden? Me imaginé, en un tono sepia, la paleta en el andén de una estación de trenes en Moscú durante los cincuenta, despidiéndose de su mujer-paleta y de su hijo-paletita una semana después de que llegara a su casa un sobre con una carta en la que decía que el Sr Paleta debía alistarse en el ejército para ir a la guerra. Como Mambrú.
- ¿Esta que sale?
pregunté mirando la que tenía en mi mano derecha mientras bajaba la izquierda. El avión cambiaba de carril. No tenía la más pálida idea si por la que estaba preguntando tenía o no tarugos.
- Esa 170 pesos
- Claro...
- ¿Claro qué?
- No, nada...
respondo mientras intento ver si encuentro algún tarugo, sin estar muy convencido de poder reconocer uno en el caso de verlo.
Miro al cajero. Efectivamente se está riendo. Normal. Yo también me reiría si fuera cajero de un local de tennis de la Ituzaingo y veo un pibe un 4 de enero a las 3 de la tarde, con una paleta en cada mano, subiendo y bajándolas.
- 170 el par, ¿no?
- ¿El par de qué?
- El par de paletas...
- No… ¿Cómo el par? Se venden de a una.
- Ah, o sea 170 cada una...
- Y, claro...
- ¿Claro qué?
- Que claro, que las de este modelo salen 170 cada una.
- Ah...
- ¿Hace mucho que jugás?
- Y, más o menos… dos años, calculo.

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